En Huerta del Rey, hay historias que trascienden el marcador. La de David y Alejandro Pisonero es una de ellas. Padre e hijo, entrenador y jugador, representan una de las sagas más reconocibles del balonmano vallisoletano, ahora puesta en valor por ASOBAL en un reportaje especial con motivo del Día del Padre.
Ambos no solo forman parte del presente del Recoletas Atlético Valladolid. Son, en palabras de la propia organización, «parte de la piedra angular del proyecto» y reflejo de una herencia que conecta generaciones dentro de la competición profesional.
La historia de los Pisonero no se entiende como un relevo brusco, sino como una continuidad natural. Así lo explica Alejandro: «Esto ha sido una transición. Su trabajo pasado y el mío actual se relacionan, como que se da todo aquí, en la pista de Huerta del Rey».
El central vallisoletano pone el foco en los valores compartidos: una misma forma de entender el balonmano, de competir y de vivir el vestuario. «Es una transición generacional, con unos mismos valores», insiste.
Desde el banquillo, David Pisonero también recuerda cómo ese proceso se ha desarrollado con normalidad. «Todo ha confluido en el tiempo y la transición ha sido bastante sencilla», apunta, subrayando el crecimiento de su hijo desde categorías inferiores hasta consolidarse en la élite.
Huerta del Rey como símbolo
Si hay un lugar donde se materializa ese legado es Huerta del Rey. El pabellón vallisoletano no solo es escenario de partidos, sino también punto de encuentro entre generaciones. «Solo acercarte aquí y ver en directo el espectáculo, el contacto, la intensidad… te engancha», explica David Pisonero, reivindicando el valor del balonmano en vivo. Una idea que comparte Alejandro, quien invita a descubrir el ambiente: «Bastaría con ver un vídeo de esas victorias en el último segundo para entender lo que se vive aquí».
La exigencia de convivir en dos roles
Más allá de lo deportivo, la relación entre ambos tiene un componente añadido: la convivencia diaria entre padre y entrenador. Un equilibrio que no siempre es sencillo. David lo resume con claridad: «Yo intento tratarle como a uno más, incluso a veces soy más exigente. El lado difícil es el suyo, porque es quien soporta esa exigencia dentro del vestuario».
Por su parte, Alejandro reconoce la evolución en la gestión de esa dualidad. «Al principio era más complicado saber cuál era tu rol en cada sitio, pero con el tiempo deja de ser un problema», explica. Y añade una de las claves del vínculo: «En los momentos malos tienes un apoyo, y en los buenos es con quien más te apetece compartirlo».






